Obsesión

Era una noche cualquiera de verano, igual que todas, pero algo diferente. La luz de las farolas entraba a través de mi persiana, dibujando la calma. El viento peinaba la arena y hacia estallar las olas, y mientras yo me encontraba tumbada sobre mi cama, sumergida en las horas bajas.

Sí, un amigo solía decir que aquella franja horaria que comprendía desde las doce a las cuatro de la mañana se llamaba así. Y es que, los pensamientos que atraviesan tu mente en esos momentos, son los que de verdad importan, los que hablan de sueños contenidos, de miedos infundados, de lo que quieres ser en consonancia con lo que eres. Ideas esbozadas que pasan por tu mente y te hacen bajar la guardia. Eran eso: horas bajas.

Pero por primera vez en mucho tiempo me sentía viva. Ilusionada. Desempolvando mis aspiraciones del baúl de los recuerdos. Estaba preparada para decir adiós a los fantasmas el pasado. Aprendí que querer implica comprender, y nadie debe precipitar tus pasos. Entendí que para amar a alguien, primero hay que valorarse uno mismo. Y reconocí que aquello no era amor verdadero, sino tóxico. El respeto estaba muerto, la confianza también. No éramos los mismos. Era obsesión, necesidad y desmesura. Eran celos, inmadurez y reproches. Era devastador y nosotros nos derrumbamos a falta de incomprensión, de no saber cómo hacerlo, cómo querernos. Esclavos de un tiempo que no era el nuestro. Sé que aquella historia será siempre un apéndice de mí, una cicatriz que recuerde la herida, pero también sé que a veces querer no es suficiente e implica la consonancia con otros verbos. Y simplemente, crecí hacia la mejor dirección: el amor propio

Hielo

Hace tiempo que no te espero,

quizá el mismo que no te busco,

y ahora que asomas tímidamente… no sé si dejarte entrar me hará más débil o más fuerte.

Tu última visita me dejó hundida en la miseria,

apagó la luz de mis ojos y me hizo muy seria.

Dicen que soy como el hielo, tajante y frío.

Tampoco es la primera vez que me preguntan porqué no sonrío.

Quizá tú tengas la llave ardiente de mi corazón destemplado… 

Pero si esto funciona no sé qué haremos de lado a lado.

Y suspiro… porque solo quiero vivir el mundo entre tus brazos.

Todavía no reconozco este lugar,

las paredes son grises y no huele a casa,

no hay familia cuando llegas, ni reconforta el olor de tus sábanas.

No hay personas que te calmen, ni complicidad en sus miradas.

Y es que cuesta tanto ser, cuando sientes que no estás.

Mi mayor problema: el miedo a fracasar. 

Viviendo en una ciudad nueva, donde vuelan mis sueños, solo te pido tiempo, que el amor ya lo tengo.